Header

“17 años de trabajo para que lo interpreten los argentinos”. ¡Bravo AAG!

07/11/2012 |


Días atrás en The New York Times salió una nota de la cual la AAG hizo una sinopsis. La misa fue escrita por William Deresiewicz y afirma el valor que ha cobrado la cocina como elemento de distinción social y como componente estético, al punto de que en algunos aspectos está reemplazando al arte. Sin llegar a ese extremo, es bueno subrayar que hace 17 años que la AAG viene insistiendo en la importancia de la educación a través de la mesa y del rol fundamental que la cocina y la alimentación cumplen en la sociedad.

“Antes, ser culto era saber de Tintoretto; ahora, de la buena mesa”

Cuando todo el tema de los alimentos empezó a ganar fuerza (…) pensaba que nuestro nuevo gusto por la comida conduciría a la larga hacia un gusto por el arte (…). Sin embargo, lo que sucedió no es que la comida llevó al arte, sino que lo reemplazó. La comunicación con el sabor adquirió las características sociológicas de lo que antes –en los tiempos de la clase media de posguerra en ascenso- se conocía como cultura (…).

Pero este aprendizaje es caro. Requiere conocimiento y apreciación, y adquirirlos también es oneroso. Es un vehículo de aspiración al estatus y de competencia, una ocasión permanente para el esnobismo, la exaltación personal y la agresión. A nadie le importa a esta altura si usted conoce a Mozart o a Leonardo, pero le conviene ser capaz de discutir los distintos puntos de cocción de la carne (…).

Como el arte, la comida es también una pasión genuina que a la gente le gusta compartir con sus amigos. Muchos la abordan como aficionados –el chef de fin de semana es lo que solía ser el pintor de los domingos- manifestando su respeto por los profesionales y su veneración por los genios.

Últimamente se ha desarrollado un elaborado aparato cultural paralelo al que existe para el arte, toda una literatura de crítica, periodismo, apreciación, ensayo y debate teórico. Tiene sus premios, sus maestros, sus presentaciones televisadas. Se ha convertido en una cuestión de orgullo local y nacional, manteniendo, como la cultura en los viejos tiempos, un sentimiento de deferencia hacia las tradiciones y los centros europeos –enriquecidos ambos en una etapa más reciente por un eclecticismo de intención global.

Así como el esteticismo, la religión del arte heredó el puesto del cristianismo entre las clases progresistas alrededor de comienzos del siglo XX. Hoy, a comienzos del siglo XXI, la comunicación con el sabor tomó la posta del esteticismo. La cocina expresa ahora los valores simbólicos y absorbe las energías espirituales de la clase educada. Le ha sido conferido el sentido de la vida (…).

Claro que, a pesar de todo esto, la comida no es arte. Ambas cosas comienzan dirigiéndose a los sentidos, pero la comida llega hasta ahí. No es narrativa ni representativa, no organiza ni expresa emoción. Una manzana no es una historia, aunque podamos contar una historia sobre ella. Las comidas pueden evocar emociones, pero sólo en forma muy aproximada y general, y únicamente dentro de un ámbito muy limitado –consuelo, deleite, nostalgia quizá, pero no ira, por ejemplo, o pesadumbre, o mil otras cosas.